La reducción de la jornada laboral: ¿demagogia o necesidad?

Grupo Socialismo y Libertad.

Más allá de los méritos académicos y profesionales de Luis Paulino Vargas y la importancia de su aporte a la comprensión del capitalismo costarricense, que hemos leído con apertura e interés, cuando se trata de críticas a su posición o la presentación de propuestas alternativas desde la izquierda, tiende a reaccionar de la misma manera que él tanto critica a sus colegas, los ‘monetaristas criollos’. Contrariar sus posiciones, en especial si se es de la izquierda, puede convertirse en un deporte extremo nada agradable.

Su emotiva crítica -cargada de altivez- hacia quienes estamos a la izquierda de sus posiciones es constante; le es más fácil reconocer y familiarizarse con sus pares neoliberales que con posiciones socialistas.  Además, a pesar de criticar de demagógica una propuesta legítima como es reducir la jornada laboral, que en el debate académico y político mundial está siendo discutida seriamente, no aporta argumentos convincentes para justificar su etiqueta peyorativa. Pero sus comentarios en redes merecen, para nosotros, algunas reflexiones.

En primer lugar, la comparación entre la propuesta del Partido de los Trabajadores y la de Óscar Arias, completamente distintas en forma y fondo, demuestra o mala fe, que lo hace recurrir a una falacia/mentira, o ignorancia (y en grande). Por su posición y trayectoria, es dudable que sea lo segundo, lo cual deja como única opción lo primero. No es la primera vez que lo hace cuando se refiere a la izquierda, lo que nos obliga a poner entre paréntesis la pretendida racionalidad de sus argumentos.

En segundo lugar, la economía de mercado no responde mecánicamente a sus tendencias como supone en una de sus primeras aseveraciones. A juzgar por la historia, la reducción de la jornada laboral no pasará ‘automáticamente’ por la productividad tecnológicamente inducida, que no es ajena a la lógica de la acumulación y competencia. Esta variable abre posibilidades (y desde la hipótesis socialista esto puede ser asimilable), pero no da un giro mecánico hacia ello. Es más, en experiencias como la holandesa, es la reducción de la jornada laboral la que constituyó un factor para el aumento de la productividad por horas, contrario al argumento típico para oponerse.
Esto quiere hacer notar que el avance en la disminución de la jornada laboral no se realizará sin presión social ‘desde abajo’. Es una conquista social -sobre la base de posibilidades de superación que el sistema abre en su movimiento contradictorio-, es decir, que depende de luchas y de voluntad política (que Luis Paulino no tiene) antes que un automatismo inevitable del sistema económico. Se dice que estamos a las puertas de una revolución tecnológica, pero es claro que si no presionamos a las élites por repartir las horas de trabajo, la consecuencia será mayores niveles de desempleo y precariedad. Contrario al constante reduccionismo que usted nos acusa, nosotros no celebramos ni ocasionamos la miseria y contradicción social.

A la vez, hoy en día, son algunos importantes economistas neokeynesianos (economistas ‘progres’ del sistema) como Krugman quienes se abanderan con la propuesta de reducción de la jornada laboral, por las razones antes señaladas. En América Latina algunos sectores ‘progres’ han asumido esas propuestas y las han llevado al parlamento. No la toman como una meta a largo plazo, como nuestro economista en cuestión, sino una necesidad actual de la economía y una alternativa real al desempleo masivo a nivel global. La misma OCDE recomienda a los países latinoamericanos reducir las jornadas laborales, ya que -según la evidencia que ellos recopilan- la productividad por trabajador tiende a aumentar en menores jornadas laborales. Costa Rica es el segundo país del subcontinente -tras México- donde se labora más horas anuales en promedio (2230), lo cual según esta organización no es necesariamente positivo [1]. Si se extrapola el criterio de Luis Paulino, ¡los estudios de la OCDE son puros torrentes de demagogia hueca trotskista!

En realidad, y esta es una diferencia con estas agencias de control internacional, siempre ha sido una demanda propia de la izquierda que toma partido por los sectores explotados. Conviene aclarar que, independientemente de la factibilidad que le otorguen los modelos económicos convencionales del mercado (keynesianos o monetaristas) a la reducción de la jornada y el debate sobre si crea o no empleos, nosotros defendemos el trabajo y la participación de éstos en los avances productivos como un derecho que debe ser garantizado por el Estado más allá de los vaivenes del mercado y el disfraz discursivo de los técnicos de mercado para justificar su oposición. Esto, inevitablemente, tiene que poner en cuestión la relación capital-trabajo y la lógica de la acumulación, incluso para llevar a cabo la mínima reforma, algo que Luis Paulino no está dispuesto a hacer. Por el contrario, cree -porque en realidad esto sólo puede ser un acto de fe- que esa relación puede aspirar a la eficiencia; bastaría con ‘regularla’. Pero la experiencia fallida de sus co-ideólogos latinoamericanos que han ocupado puestos en la dirección económica de los gobiernos progresistas, nos dice que la demagogia viene de ustedes, que le venden a los sectores sociales y populares promesas de cristal, sin alterar la estructura social y su matriz productiva, dando lugar a la desilusión y la vuelta del conservadurismo. Con cuánta razón al progresismo le dicen que es un ‘reformismo sin reformas’.

En tercer lugar, no es de extrañar que, como economista convencional, tienda a tomar estadísticas, datos y números y hacer de un debate político (fundamentado, pero político) un ejercicio de su sofística económica, como tanto gustan también sus pares neoliberales. Las estadísticas, (algunos dicen, la forma más sofisticada de mentir) y su construcción requieren de cuidado en su uso, no son neutrales, no siempre miden lo que se quiere y pueden ser leídas de muchos ángulos. Un ejemplo es su mención a un 73% de trabajadores que, según él, trabajan menos de 48 horas. En realidad, aunque el 71% de la fuerza laboral asalariada  efectivamente ‘trabaja’ menos de 48 horas, lo que mide el INEC es el tiempo efectivo de horas, no la jornada laboral. No se cuentan las horas de comidas y descanso que se toman en cuenta legalmente dentro de la jornada laboral, que es parte del horario de trabajo. Más bien, y enhorabuena que mencionó el dato, hay una gran cantidad de personas -casi medio millón- cuyo tiempo efectivo es igual o superior a las 48 horas, lo que significa que su jornada laboral es excesiva y contraproducente para ellos y para los trabajadores en general, aunque congruente con la lógica mercantil. Más allá de esta aclaración ejemplificadora, esto no es un debate de aula universitaria ni tiene porqué convertirlo en eso; el resto de la gente no está en la obligación de entenderlo cuando usa recursos estadísticos, es usted el que debe hacer el esfuerzo de hacerse entender.

Además, aunque el análisis de las variables consideradas y la relación entre ellas tengan ‘significancia’, de ello no se traduce la inviabilidad o demagogia de la propuesta de la izquierda. Las variables que menciona dejan de lado el comportamiento histórico del mercado laboral, con una tendencia creciente de la informalidad, (que afecta a un 30% del total de dependientes de los salarios, un 40% del total de la fuerza laboral, según la última encuesta trimestral de empleo del INEC) y un mercado local poco dinámico y sin tendencia al aumento de la productividad.

Esto tiene raíces en la dinámica estructural de un país dependiente-periférico, y no en la suma de factores que dependen de una voluntad individual para ser cambiadas (un regulacionista devenido en voluntarista, ¿no es esto una contradicción?). Esto no quiere decir que elementos como el tipo de cambio -con una moneda local particularmente fuerte para un país que dice enfocarse en las exportaciones-, tasas de interés altas, entre otras, no inciden. Pero el contexto socio-económico es más amplio que estas variables tomadas individualmente y al margen de la relación fundante entre capital-trabajo y el mercado mundial.

Cabe notar que el desempleo no es algo que afecta únicamente a Costa Rica, de manera que pensar que este fenómeno es ajeno a la división internacional del trabajo, con un criterio estrictamente local, es erróneo. El desempleo afecta a Costa Rica, España, Estados Unidos, etc. y se intenta maquillar de muy diversas formas. Por ejemplo, Alemania dice tener una tasa de desempleo del 3,6%, pero es una tasa encubierta por 16 millones de minijobs (de nuevo, el engaño de las estadísticas), sin vacaciones, con salarios por debajo del establecido por ley, entre otros. En suma, el mercado, que es mundial, crea pocos trabajos, y los que crea son malos empleos.

Es en esta línea y este escenario nacional y global que la reducción de la jornada laboral es una propuesta necesaria. Por eso, es promovida internacionalmente por los partidos de izquierda, y su eficacia -dentro de los márgenes del capital- depende en gran medida de los avances en el control de los infiernos laborales y las luchas en cada país. Eso no exime la necesidad de plantear el debate nacionalmente, al contrario, lo vuelve imperioso. Sin dejar de mencionar que los límites de la economía de mercado no son las fronteras para pensar nuestras propuestas, sino las posibilidades abiertas para una sociedad postcapitalista que, ante la crisis del libre mercado y del ‘progresismo’, se convierte en una necesidad.

En las bases del Frente Amplio se encuentran activistas y luchadores sociales mucho más conscientes de esto, leales a sus causas sociales. Pero con las exasperaciones de los personajes de su papeleta presidencial en contra de las posiciones de izquierda, se demuestra que la cúpula es todavía más conservadora que los progresismos más moderados de América Latina.

[1] Ver: https://elpais.com/economia/2016/07/07/actualidad/1467886894_771736.html

 

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